Una noche de agosto

El día quiere irse, acostarse. Me resisto. No deseo que acabe tan pronto. Todo el día trabajando. Pero me gusta. Anhelo el disgusto del mal trabajo, el placer de lo bien hecho. Sin saber. ¿Me resisto a qué? Al fin y al cabo, mañana más. Más de disgusto, más de placer. Nada acaba y, finalmente, nada acabará. El día, si. Pero mañana más. O sea, que no acaba. Me gustaría razonar por una vez en serio. Duramente. Compleja unión de neuronas que terminan en la idea. Una idea seguramente nada nueva, ya ideada. ¿Busco lo nuevo? No creo. Rebusco en mi, allí muy adentro, lejos de mi, en mi pero lejos. Esa distancia es insalvable. Distancia corta enormemente lejana. Incapaz de llegar, inútil. ¿Cómo soy? ¿Inútil? Todo el día trabajando, tengo que ser al menos imbécil. Pero es algo que me gusta. Disfruto más haciendo que viendo como hacen. Y eso que no es algo que sepa hacer, ni domine. Pero me gusta experimentar en el error. Aunque cueste dinero, aunque cueste tiempo, cueste lo que cueste. Es perversa la sensación de impotencia, la sensación de inutilidad. Vaya, al final soy inútil. Otro día tengo que analizarme. Creo que me vendrá bien. Sin la pausa del punto y aparte, como ahora. Todo seguido, a lo bestia. Sin verbos. Oraciones sin verbos, eso que está totalmente prohibido. Pero qué más da. Nadie lee lo que no se entiende. Y esto es incomprensible, para cualquier mortal, salvo yo. Único sapiente de esta mansalva de sandeces. A buen entendedor. Entiendo que hace frío. Empieza a refrescar. Estoy viendo la oscuridad de una noche clara de verano. El cielo martilleado de clavos. Mi cerebro como la noche, negra, o negro. Lo negro. Yo no soy tan negativo. Sólo austero de optimismo. Encerrado en una vida. Sin puertas. Pero con largos pasillos. Con habitaciones. Y con mucho miedo a llegar a algunas.
[+/-] Mostrar/Ocultar el resto del texto

No hay comentarios.:
Publicar un comentario